Esta última semana me he quedado una vez más asombrado de lo que se es capaz de escribir, decir y televisar con la muerte del futbolista del Sevilla Puerta. Sinceramente, no creo que esa muerte deba llenar tantísimas horas de televisión, tantas páginas de periódicos (deportivos y no), radio,… Habiendo estado en Sevilla, entiendo que la gente allí esté afectada (por supuesto, los compañeros, pero también la afición de toda la ciudad), pero que los medios de comunicación nacionales lo vivan tan fuerte… No sé. Como leí hace poco:
Me irrita cada vez más la hipocresía desbordada con la que los medios de comunicación tratan la muerte de los famosos, estructurales o circunstanciales.
Estoy más que dispuesto a creerme que los compañeros y amigos del futbolista del Sevilla Antonio Puerta estén realmente afectados por su fallecimiento, sobrevenido en circunstancias tan conmovedoras. Pero me cuesta mucho tomarme en serio –o, por decirlo claramente, me abochornan, cuando no me producen risa– los excesos poético-plañideros de algunos periodistas, como el que anteayer dijo en una radio, henchido de emoción impostada: «¡Suyo es ya el firmamento, donde podrá jugar a sus anchas!». Por un momento traté de representarme a un futbolista en el firmamento, sin oxígeno y esquivando meteoritos. Surrealista. Los hay capaces de decir lo primero que se les viene a la cabeza, con tal de que les parezca suficientemente efectista. Javier Ortiz
En cambio hoy he leído una noticia que trata este mismo asunto, pero desde un punto de vista que a mí, por lo menos, sí me llama más la atención. La piña en que se ha convertido todo el Sevilla F.C. en los últimos años, y como una decisión equivocada puede costar muy cara. Pongo aquí el principio, el final, el link, y os recomiendo que le echéis un vistazo.
El día amanece lluvioso en Mónaco, como anticipando lágrimas en una jornada sentimentalmente extrema. El Sevilla vuelve a jugar al fútbol tras el fallecimiento de Puerta. ¿Cómo prepararse para eso? Los futbolistas circulan nerviosos por el hotel de concentración, lujoso, barroco, desmesurado. Entre los sevillistas, uno se muestra especialmente inquieto. Es Daniel Alves, y no puede parar.
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Posiblemente, Daniel Alves pensara en todo eso en su rincón, apartado de una plantilla en la que rige un código interno severo: manda el equipo. Es el poder del Sevilla, la razón última que convierte a jugadores descatalogados como figuras en auténticos campeones. Antonio Félix (El Mundo)
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