Esta semana he estado un par de días en Sevilla, ciudad que no visitaba desde la Expo y de la que no me acordaba de nada más que de la bola de los puentes sobre el Guadalquivir, y la enorme bola del mundo que soltaba agua. En esta visita me di un buen paseo por el centro de Sevilla, donde me encontré con la Giralda, que me ha dejado impresionado.

Además del arte y de la arquitectura que desprende por todos lados, Sevilla es particularmente interesante en el trato humano. Esa gracia propia de ahí, acompañada por un acento que en ocasiones hace que no los entiendas... Es única. Siguen un par de ejemplos que ejemplifican esto bastante bien.
El primero pasó nada más llegar. Cogí el autobús que va al centro, y le pregunté al amable conductor que como se llegaba adonde estaba mi hostal. Me dijo, que me bajase en la última parada que tenía el autobús (en lugar de en la estación de tren, que es lo que hubiese hecho de no preguntar) y así lo hice. Cuando llego a la Puerta de Jerez, le pregunto a otro amable conductor de autobús, que cuál tenía que coger para ir a la Alameda. Respuesta:
Desde aquí: ninguno. Pero, ¿en serio?
Sí. Pues empezamos bien. Opción B: ir andando porque ya había hambre y estaba bastante cargado, así que a andar: media hora cargado por el centro de Sevilla. Muy agradable, sí señor. Luego descubrí que había un autobús que paraba a dos minutos de la Alameda y en la puerta de la estación de tren.
Pero lo más grande y por lo que lamenté no llevar una cámara encima fue a un hombre que estaba en pleno centro de Sevilla pidiendo dinero a través de unos carteles hechos con cartón y con su correspondiente bandeja para las monedas. Este buen hombre había separado las donaciones en 4 categorías:
-Para más cerveza
-Para vino
-Para güiski
-Para la resaca
Olé la gracia. Y para rematar y, por si no había quedado claro, otro cartel en el centro (sin repisa para dinero) que lo aclaraba todo:
Al menos, sinceridad.
Sencillamente, genial.
Photo by daquellamaneraEtiquetas: sevilla, viajes