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Ibiza 2018

  • 30/Jul/2018 at 16:00

La primera travesía a Ibiza de la temporada siempre es un gran momento. Una semana navegando y bañándonos por calas maravillosas, con un grado de desconexión del día a día máximo es para esperarlo con ganas. Este año se le añadía el hecho de que era la primera vez que lo hacía con el barco “nuevo”.

Después de experiencias pasadas, la ida la hicimos escalonada; lo de embarcar y hacer una travesía de 14 horas seguidas y sin dormir no es la mejor estrategia, más aún, cuando sólo hay un patrón a bordo. Así que esta vez, salimos de puerto a primera hora, y fondeamos en una boya en la Isla de Benidorm para desayunar y darnos el primer baño. Continuamos nuestra marcha cuando los primeros barcos que iban a pasar el día estaban llegando.

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Seguimos costeando en dirección norte, acercándonos a ver la pequeña cascada que sale en la Sierra Gelada, y atravesando la bahía de Altea para fondear enfrente de Calpe para comer. Tuvimos algún problema con el enrollador de la génova en este punto, pero lo arreglamos en un par de minutos, y pudimos comer, darnos otro baño y echarnos una pequeña siesta antes de poner rumbo a Granadella, donde haríamos noche antes de cruzar a Ibiza. Tuvimos que parar antes en el puerto de Moraira, ya que descubrimos con cierto estupor que las dos bombonas de gas que teníamos estaban vacías. Después de esta parada imprevista llegamos a Granadilla, donde fondeamos en boya, y nos pudimos dar un buen baño antes de una noche en la que estuvimos totalmente solos en una cala rodeada de acantilados.

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A las 5:00 de la mañana salimos hacia Ibiza. Las dos primeras horas de noche, y luego un amanecer de escándalo sobre el Mediterráneo. Cóctel perfecto, aderezado con un par de pesqueros de los que pasamos relativamente cerca, que empiezan a ser habituales en estas travesías. El resto de la travesía bastante tranquilo, desayuno en travesía, parchís (magnético, gran descubrimiento!), y alguna siesta; hasta que en la última hora y pico entró un fuerte viento de Levante que nos hizo bajar la velocidad un nudo por la corriente.

La idea era empezar con un plato fuerte a la par que tranquilo: fondear en una boya en la Isla d’Espalmador, un fondeadero especialmente tranquilo, que más que una cala, parece una piscina… Pero no contaba con que la última semana de junio ya es temporada alta… y no quedaban boyas. En media hora, el temor de no podernos quedar allí afortunadamente se disipó y se quedó libre un sitio al lado de la playa donde pasamos la noche, y las primeras horas de la siguiente mañana.

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La siguiente parada fue Cala Saona, en Formentera, una de las calas con el agua más claras de todas las Pitiusas, y aunque llena de barcos, al ser muy amplia, teníamos nuestro espacio… Este fondeo sólo se vio alterado por los jaleos de algún barco cercano, y un accidente de un barco que acabó contra las rocas y ante lo que llegó, incluso, un barco de salvamento. Por la tarde, y tras conseguir in extremis un amarre en el puerto de Ibiza, navegamos un poco hacia el Sur, para luego volver a cruzar los Freus y llegar a Marina Botafoch a tiempo de ducha, paseo y cena en la ciudad.

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A la mañana siguiente, emprendimos rumbo norte para fondear en Tagomago. Aunque la intención inicial era fondear en la cala Sur, no era muy practicable con el oleaje que había, así que probamos con la cala al Norte, que aunque muy profunda (fondeamos en más de 10 metros de profundidad), estaba cobijada de viento y marea, y tenía una zona de rocas interesante para bucear. Por la tarde, navegamos por el norte de Ibiza hacia Beniarrás y el Puerto de San Miguel, aunque nos decantamos por la segunda por espacio disponible (temporada alta?). Es una lástima que por la noche la paz se torne escándalo por los hoteles “todo incluido” que hay allí, pero disfrutamos mucho la mañana siguiente tranquilamente allí.

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La siguiente parada fue Cala Salada, cerca de San Antonio, con sus características casas donde los pescadores guardaban (guardan?) sus barcas, y su entorno natural aislado de la civilización. Muchos barcos pasando el día, y una meteorología muy cambiante, que nos hizo estar pendientes de los barcos de alrededor. A media tarde, tras rodear Conejera, pusimos rumbo a Cala D’Hort, una de las calas clásicas para dar el salto a la Península, y con vistas a los dos islotes de Es Vedrà que, al verlos en el atardecer, se entiende que hayan originado tantas leyendas de energías y magía alrededor de ellos.

A las 2:30 de la mañana, emprendimos la vuelta hacia la Península, con viento y mar de popa, y esta vez con un rumbo más Sur para fondear de nuevo en la Isla de Benidorm de nuevo cerca de las 13:00. El lugar del primer fondeo del viaje fue también el último, ya que de ahí, volvimos a puerto, y empleamos el día siguiente en visitar Alicante por tierra… y en planear la próxima escapada.

Rodeando Ibiza

La salida del puente de mayo (4 días) pintaba perfecta: dos barcos, 13 tripulantes (para 4 de ellos, éste era su bautismo náutico), patrones repartidos equilibradamente entre los dos barcos, y un plan de dar la vuelta a la isla de Ibiza.  Lo único que no estaba en nuestra mano, fue lo que marcó el viaje: la meteorología. El Mediterráneo llevaba expuesto dos o tres días al viento de Levante, y la primera noche, la de la travesía de Alicante a Ibiza, teníamos mar de fondo de 1,5 metros por la amura, y unos 10-13 nudos de viento. Aunque esas condiciones no son peligrosas, sí que son bastante incómodas: de los 13 tripulantes, 8 conocieron el límite de sus estómagos en cuanto a mareo se refiere.
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El primer cambio de planes llegó nada más avistar Ibiza: en lugar de pasar la noche en cala Salada, acabamos yendo al puerto de San Antonio, para poder volver a pisar tierra firme y desquitarnos de la travesía de 18 horas y casi 100 millas. Allí comprobamos el primer daño: nuestro barco había sufrido la rotura de la contra durante la travesía, aunque afortunadamente no impedía proseguir la navegación. También pudimos disfrutar de una pequeña inspección de documentación de la Guardia Civil.

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Tras pasar la noche en San Antonio, zarpamos en dirección norte para proseguir con nuestro plan. Suave navegación con mar de fondo de popa, y viento de través, y llegamos a comer al Puerto de San Miguel, que no es un puerto deportivo, sino un puerto natural (cala), en la que nos bañamos disfrutando del entorno natural característico de las Pitiusas. Aprovechamos esta parada también para grabar algún vídeo con el dron, y un par de los tripulantes también se bajaron aquí, ya que la idea de otra travesía de vuelta (aunque no iba a ser igual) no les seducía en absoluto.

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Por la tarde, emprendimos camino de Cala Llonga, con el objetivo de, esta vez sí, pasar la noche fondeados. Como había rachas de viento bastante fuerte, tratamos de no ir demasiado pegados a la costa, donde las rachas se perciben mucho más, y acabamos siguiendo un rumbo demasiado abierto que nos alargó demasiado esta travesía. Además, tuvimos la segunda avería de esta travesía: se nos rompió un rizo, otra avería más aparatosa (por lo ruidoso del momento) que peligrosa, pero que contribuyó a que nos dirigiéramos al puerto de Santa Eulalia, también porque se estaba haciendo de noche, lo cual es desaconsejable para un fondeo, especialmente si es una cala “desconocida”. Este es el único puerto de Ibiza que me faltaba por conocer, y me pareció carísimo, probablemente por su cercanía a Ibiza.
El lunes y la travesía hacia Espalmador, en Formentera, ayudó a hacer las paces con el mar a todos aquellos que habían sufrido un poco “de más” en el camino hacia Ibiza: sol, sin mar de fondo, y viento suficiente para navegar a vela… Espalmador no decepcionó, y pudimos comer y descansar toda la tarde. También nos trajo un tercer accidente, esta vez no en el barco, sino el dron, que tuvo una avería (probablemente por una de las hélices) y acabó cayendo de una altura de 200 metros al mar…

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Al atardecer, emprendimos el camino de vuelta hacia Tabarca, y el mar como un plato. Una vez en rumbo, a las pocas millas de Formentera, pudimos disfrutar de una puesta de Sol espectacular, y el ambiente durante la noche fue distinto: se podía dormir, o no, y el estado general permitía estar de buen humor y de conversación. En esta travesía nos cruzamos con varias flotas pesqueras, algunas faenando y otras dirigiéndose a ello, pero sin pasar tan cerca como en la travesía de noviembre.

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El amanecer nos pilló frente a la costa alicantina, y la mañana terminó de ser un agradable paseo hasta llegar al ansiado premio del arroz en Tabarca, adonde llegamos con puntualidad británica tras 17 horas de travesía. El arroz y el paseo por la isla fue la guinda del pastel, de un viaje que fue de menos a más, y que no olvidaremos fácilmente.
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Cinco islas en cuatro días

El pasado puente de Todos los Santos (1 de noviembre), nos volvimos a embarcar camino de Ibiza, en lo que sería el cierre de la temporada náutica de 2016. Esta travesía totalmente “fuera de temporada” tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

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La ventaja está clara: la cantidad de embarcaciones en las calas de Ibiza es infinitamente menor, por lo que se puede disfrutar de la isla en su plenitud. Además, el tiempo, que era un riesgo importante, nos respetó dándonos los últimos 4 días de calor tal que permitiera bañarnos.

La desventaja, en cambio, son las pocas horas de luz, que nos hicieron modificar los planes, especialmente las travesías, ya que no hay horas de luz suficientes para hacer Alicante-Ibiza, así que optamos por travesías nocturnas. Es curioso también que, de forma natural, la falta de luz fuera (y las bajas temperaturas nocturnas), nos hacía recluirnos dentro y acabábamos teniendo horarios bastante alineados con la luz solar. Una vida bastante “slow” para lo que suele ser habitual.

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El viernes noche, una vez llegó toda la tripulación, fijamos los pertinentes turnos de guardia, y partimos del Puerto de Alicante con un rumbo paralelo a la Costa Blanca para minimizar las horas en las que estaríamos lejos de la costa, virando a la altura de Calpe hacia Cala Saona, en Formentera. La travesía fue bastante apacible, reseñando sólo un par de cargueros que pasan por el Separador de Tráfico que hubo que librar adecuadamente.

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Llegamos a Cala Saona justos para comer, darnos un baño, y confirmar que teníamos la isla prácticamente para nosotros solos. La última vez (junio) que estuve en Cala Saona había cerca de 40 barcos y, esta vez, sólo 4.

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Por la tarde, enfilamos hacia la Isla de Espalmador, donde pasaríamos la noche fondeados en una boya. En este trayecto contamos con un poco de viento de través que nos permitió incluso quitar el motor un rato. Por la mañana pudimos hacer una pequeña excursión a tierra para ver si había algún resquicio del incendio del verano, y donde fuimos atacados por mosquitos hasta la saciedad.

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De Espalmador, partimos hacia Tagomago en un día con total ausencia de viento, por lo que desayunamos en travesía. Toda la costa desde Ibiza hasta Tagomago era una zona totalmente nueva para mí y la cala SW de Tagomago fue todo un descubrimiento porque el fondeo es muy agradable (al menos en estas fechas!). Además, en su cercanía hay siempre delfines, y pudimos ver unos cuantos nadando muy cerca de nuestro barco. Los delfines siempre es una buena forma de redondear una salida náutica.

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Después del baño y la comida, emprendimos la vuelta hacia el puerto de Ibiza, que era nuestra única noche en puerto. Siempre está bien tener un día de asueto, tomarse algo en tierra, y en mi caso, aprovechar para visitar a Paloma y Laia, su recién nacida hija. Además, aprovechamos para visitar Dalt Vila, la parte alta de Ibiza, y la más interesante turísticamente, ya que buena parte de la tripulación no la conocía. La marina que elegimos para atracar fue Ibiza Magna, cuya ubicación es perfecta, porque estás ya en el propio casco antiguo, pero que también tuvo inconvenientes: las duchas estaban en obras (i.e.: no había) y los ferries movían bastante el barco. El Puerto de Ibiza no estaba tan animado como en verano, pero pudimos ver el Prince Abdullaziz, el barco de la familia real saudí, que pasa los veranos en Ibiza junto a sus propietarios y su séquito.

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Tras Ibiza, el objetivo era emplear el día (el último en las Islas), para navegar en dirección Este. Así cruzamos el Freu Petit (el día era muy tranquilo), navegamos por Ses Salines, donde pudimos ver un barco cargando sal, y proseguimos a Cala Jondal, famosa por albergar el famoso Blue Marlin. Sacamos la auxiliar, y nos acercamos a tierra a tomarnos una cerveza Isleña, cuya botella es, en sí misma, un souvenir ibicenco. Tras el baño, la comida, y una ronda de cócteles, nos dirigimos a Cala D’Horts, para ver uno de los atardeceres más espectaculares de Ibiza, y para descansar un poco antes de emprender la travesía de regreso a la península.

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Tras el atardecer a las 6, decidimos zarpar hacia la península las 8, para poder aprovechar un poco del día siguiente. Así, una vez libramos Es Vedrà, pusimos rumbo directo a Tabarca. Nuevamente hicimos turnos, y precisamente cuando me desperté, había tenido lugar una de las anécdotas del viaje. Antes de subir a cubierta, miré el GPS, y vi que estábamos navegando en dirección Norte. En el mapa, de hecho, se puede ver ese cambio de rumbo. ¿La razón? Parece que habían maniobrado para dejar pasar a una embarcación de recreo… de 500 pies, que navegaba en dirección Sur. Al recuperar cobertura de móvil, comprobamos que el barco en cuestión era el Eclipse, el segundo barco de recreo más grande del mundo, propiedad de Abramovich, y dotado incluso con misiles.

Con la llegada a Tabarca, un último baño, y rumbo directo al Puerto de Alicante. Se acabó lo que se daba. 5 islas (Formentera, Espalmador, Tagomago, Ibiza, y Tabarca) en 4 días, y baños todos los días. Sólo habríamos pedido un poco más de viento, pero tampoco hay que abusar.

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Con el reciente cambio de legislación, los Patrones de Embarcación de Recreo, podemos “cruzar” a las Baleares desde la Península. Hacer esto, que ya había hecho un par de veces de tripulante, como patrón, era un objetivo para 2016, y la primera semana de junio parecía perfecta para cumplirlo.

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La elección de la fecha estaba condicionada porque mi amigo Javi iba a hacer dicha travesía desde Denia, y mi primera vez quería que fuera con alguien de confianza cerca, por si las moscas la mente flaqueaba y necesitaba algo de apoyo. Así que el momento estaba fijado: miércoles por la noche ida, y domingo por la mañana, vuelta. Sólo quedaba elegir puerto de salida (Alicante), y fijar un tiempo antes y después para llegar a las cercanías del Cabo de la Nao para que nuestras rutas fueran similares.

Así, partimos de Alicante el martes por la mañana, con rumbo a la bahía de Altea. Navegación tranquila hasta la cala de la Mina (A), donde las boyas allí instaladas nos dieron un buen cobijo para la esa noche. Primera vez que todos los de la tripulación pasaban fuera de puerto, con todo lo que ello implica.

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El miércoles por la mañana fuimos a Moraira (B) donde pasamos el resto del día tranquilamente en El Portet, aprovechando para hacer unas compras, y repostar agua y gasolina en el Puerto. Al anochecer, empezaron a llegar las primeras olas como consecuencia del viento sur que llevaba soplando todo el día, y que nos ayudaría en la travesía a las Pitusas, y levantamos el fondeo, para dirigirnos al norte, y a la altura del cabo de la Nao, emprender rumbo 90 en dirección a la playa de Ses Illetes, con picos de 8 nudos de velocidad gracias al viento de través constante

Como en casi cualquier travesía, en esta tampoco faltaron las anécdotas.
En primer lugar, descubrimos que a nuestro barco no le funcionaba la luz de alcance, así que la suplimos con la de fondeo, que aunque no reglamentaria, sí permitiría a los otros barcos vernos si venían por detrás.

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En mitad del canal, además de tener que maniobrar para esquivar un carguero (algo más o menos normal, y hasta previsto), también nos encontramos con una flota de barcos pesqueros, justo en nuestra trayectoria.

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Gracias al AIS, confirmamos que estaban parados, por lo que podíamos acercarnos tranquilamente y pasarles por la proa, para evitar sus redes. Por si acaso no lo teníamos claro, cuando estábamos a un par de millas, nos llamaron por radio, para preguntarnos nuestras intenciones. La conversación fue tal que así: “Buenos días. ¿Nos habéis visto?” “” “¿Y a mis compañeros que están a mi proa y a mi popa?” “” “Ah, pues pasadnos por nuestra proa, eh?” “” Aún así no debió de quedarse muy tranquilo y nos apuntó con una linterna cuando le pasamos. Unas millas más adelante, volvimos a repetir la operación, nuevamente nos llamaron, nuevamente les tratamos de tranquilizar, y nuevamente les esquivamos sin apenas variar nuestro rumbo. En esta segunda maniobra, desde nuestro barco amigo, también nos llamaron preocupados (en el radar parecía una colisión).

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Parecía que todo lo difícil había acabado, y dejé a los dos tripulantes que estaban de guardia solos en cubierta con una premisa clara: “vuelvo en unos minutos -cosas de la naturaleza-, si veis algo raro, bajad la potencia del motor (el viento había caído mucho), y ya subiré”. Al minuto de haber bajado, oigo como baja la potencia del motor (extraño, no había nada hace un minuto), y al segundo minuto habían bajado a por mí: “Nacho, hay algo raro por proa”. Cuando subí, la visión era realmente espeluznante, de poner los pelos de punta: una gran bola naranja… con forma de media luna. Parece que la vigilia les empezaba a hacer mella y en lo que era una luna en cuarto creciente saliendo por el horizonte, ellos estaban viendo una especie de vela de un barco fantasma o similar.
Además, a mitad de la travesía, empezamos a ver unos destellos luminosos que salían de debajo del barco y se quedaban atrás, y que concluimos que eran medusas a las que asustábamos con nuestro avance.

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Al par de horas empezó a amanecer, y llegamos a la hora del desayuno a Ses Illetes (C), en Formentera, donde una hora más tarde llegaba el otro barco, que había ido a unas 8-10 millas de nosotros todo el camino.

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Bañito reponedor, comentarios sobre la travesía, primeros pasitos con la Zodiac (dos días después seríamos íntimos con ella, pero ese primer día no fue precisamente un camino de rosas), paseo por la playa, fotos de postureo, cerveza, comida a bordo y rumbo a Cala D’Hort (D) en Ibiza.

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La parada en Cala D’Hort venía un poco obligada por la necesidad de que una tripulante cogiera un avión de vuelta (no estaba asustada, no, pero tenía una boda en la Península). De paso aprovechamos para tomar algo con mis amigos ibicencos.

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Al día siguiente, tras desembarcar a Sofía, nos dirigimos de vuelta hacia Formentera, con una parada en Ses Salines (E), incluyendo chiringuito ibicenco, y presenciando una inspección de la policía de Aduanas a uno de los catamaranes vecinos, que duró una hora larga…

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De ahí nos dirigimos a Cala Saona (F), una de esas calas que te hace preguntarte por qué la gente irá al Caribe en busca de playas. Aquí pasamos una noche plácidamente fondeados. A la mañana siguiente, nos dimos un paseo por los acantilados, y emprendimos ruta de navegación hacia Espalmador (G), uno de los sitios más impresionantes del archipiélago, en cuyo campo de boyas pasamos nuestra última tarde y noche en las Pitiusas.

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A la mañana siguiente, al amanecer, salimos de vuelta hacia la Península, con un rumbo ligeramente Sur para llegar a Calpe (H), y de nuevo tuvimos suerte con la meteorología, ya que el viento empezó a soplar a unos 8-10 nudos con componente norte, lo cual hizo la travesía amena y rápida.

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En Calpe nos quedamos en el puerto, para reponernos de las penurias de no haber tocado puerto en 4 días, y el último día, lunes, volvimos a Alicante en un día excesivamente tranquilo (para mi gusto). Esa tranquilidad, no obstante, permitió la toma de sol tranquila con el suave mecer de las olas, como colofón a una gran semana de vacaciones en la primera semana de calor de la temporada. Plan perfecto.

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Este año ha sido la primera vez que he estado en Ibiza en temporada alta. El resto de veces que estuve allí fue junio, septiembre, o incluso abril, y la verdad es que se nota la diferencia. Se nota en la cantidad de gente que hay (en el avión de vuelta, mi vecina de asiento me comentaba que volvía decepcionada por lo masificado de las calas) y se nota en la cantidad de barcos que hay. Darse un paseo por las marinas de la ciudad de Ibiza es un escándalo del lujo que se ostenta.

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Esos días en Ibiza fueron muy relajados. Especialmente en cuanto a calas se refiere, ya que sólo pisé una cala en toda mi estancia. Me dediqué en cambio a hacer un poco del otro Ibiza. El primer día estuve viendo a David Guetta en Ushuaïa, en lo que es un show impresionante. 5000 personas en una fiesta al aire libre hasta las 12 de la noche, el mundo VIP haciendo gala de un derroche de dinero, difícil de ver en otros lados, y con un claro interés desde el punto de vista antropológico, social, y económico, claro.
Hablando de dinero, lo de los barcos es escandaloso. Los barcos que yo normalmente consideraba bastante llamativos  eran ahora pequeños en comparación con el resto de los que estaban atracados al muelle que está pegado a la ciudad. El Prince Abdulaziz de la familia real saudí, el segundo barco más grande del mundo, aunque con muchos años, sigue siendo imponente. Y con muchos menos años y un tamaño descomunal estaba el Tatoosh, el segundo barco (parece que el Octopus es el “bueno”) de Paul Allen, el fundador de Microsoft, con piscina, helipuerto, y con dos embarcaciones auxiliares: un “pequeño” yate a motor, y un velero.
Pero Ibiza no es sólo ostentación, derroche de dinero y calas. También es naturaleza, como la excursión que hicimos desde Ses Salines hasta Cap Es Falcó. Empezando antes de que la playa se llenara, y con el mar todavía tranquilo, las vistas desde lo alto de los acantilados recordaban porque la gente empezó a ir la isla, y por qué año sí, año también, me dejo caer por allí.

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