El pasado puente de Todos los Santos (1 de noviembre), nos volvimos a embarcar camino de Ibiza, en lo que sería el cierre de la temporada náutica de 2016. Esta travesía totalmente “fuera de temporada” tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

La ventaja está clara: la cantidad de embarcaciones en las calas de Ibiza es infinitamente menor, por lo que se puede disfrutar de la isla en su plenitud. Además, el tiempo, que era un riesgo importante, nos respetó dándonos los últimos 4 días de calor tal que permitiera bañarnos.
La desventaja, en cambio, son las pocas horas de luz, que nos hicieron modificar los planes, especialmente las travesías, ya que no hay horas de luz suficientes para hacer Alicante-Ibiza, así que optamos por travesías nocturnas. Es curioso también que, de forma natural, la falta de luz fuera (y las bajas temperaturas nocturnas), nos hacía recluirnos dentro y acabábamos teniendo horarios bastante alineados con la luz solar. Una vida bastante “slow” para lo que suele ser habitual.

El viernes noche, una vez llegó toda la tripulación, fijamos los pertinentes turnos de guardia, y partimos del Puerto de Alicante con un rumbo paralelo a la Costa Blanca para minimizar las horas en las que estaríamos lejos de la costa, virando a la altura de Calpe hacia Cala Saona, en Formentera. La travesía fue bastante apacible, reseñando sólo un par de cargueros que pasan por el Separador de Tráfico que hubo que librar adecuadamente.

Llegamos a Cala Saona justos para comer, darnos un baño, y confirmar que teníamos la isla prácticamente para nosotros solos. La última vez (junio) que estuve en Cala Saona había cerca de 40 barcos y, esta vez, sólo 4.

Por la tarde, enfilamos hacia la Isla de Espalmador, donde pasaríamos la noche fondeados en una boya. En este trayecto contamos con un poco de viento de través que nos permitió incluso quitar el motor un rato. Por la mañana pudimos hacer una pequeña excursión a tierra para ver si había algún resquicio del incendio del verano, y donde fuimos atacados por mosquitos hasta la saciedad.

De Espalmador, partimos hacia Tagomago en un día con total ausencia de viento, por lo que desayunamos en travesía. Toda la costa desde Ibiza hasta Tagomago era una zona totalmente nueva para mí y la cala SW de Tagomago fue todo un descubrimiento porque el fondeo es muy agradable (al menos en estas fechas!). Además, en su cercanía hay siempre delfines, y pudimos ver unos cuantos nadando muy cerca de nuestro barco. Los delfines siempre es una buena forma de redondear una salida náutica.

Después del baño y la comida, emprendimos la vuelta hacia el puerto de Ibiza, que era nuestra única noche en puerto. Siempre está bien tener un día de asueto, tomarse algo en tierra, y en mi caso, aprovechar para visitar a Paloma y Laia, su recién nacida hija. Además, aprovechamos para visitar Dalt Vila, la parte alta de Ibiza, y la más interesante turísticamente, ya que buena parte de la tripulación no la conocía. La marina que elegimos para atracar fue Ibiza Magna, cuya ubicación es perfecta, porque estás ya en el propio casco antiguo, pero que también tuvo inconvenientes: las duchas estaban en obras (i.e.: no había) y los ferries movían bastante el barco. El Puerto de Ibiza no estaba tan animado como en verano, pero pudimos ver el Prince Abdullaziz, el barco de la familia real saudí, que pasa los veranos en Ibiza junto a sus propietarios y su séquito.

Tras Ibiza, el objetivo era emplear el día (el último en las Islas), para navegar en dirección Este. Así cruzamos el Freu Petit (el día era muy tranquilo), navegamos por Ses Salines, donde pudimos ver un barco cargando sal, y proseguimos a Cala Jondal, famosa por albergar el famoso Blue Marlin. Sacamos la auxiliar, y nos acercamos a tierra a tomarnos una cerveza Isleña, cuya botella es, en sí misma, un souvenir ibicenco. Tras el baño, la comida, y una ronda de cócteles, nos dirigimos a Cala D’Horts, para ver uno de los atardeceres más espectaculares de Ibiza, y para descansar un poco antes de emprender la travesía de regreso a la península.

Tras el atardecer a las 6, decidimos zarpar hacia la península las 8, para poder aprovechar un poco del día siguiente. Así, una vez libramos Es Vedrà, pusimos rumbo directo a Tabarca. Nuevamente hicimos turnos, y precisamente cuando me desperté, había tenido lugar una de las anécdotas del viaje. Antes de subir a cubierta, miré el GPS, y vi que estábamos navegando en dirección Norte. En el mapa, de hecho, se puede ver ese cambio de rumbo. ¿La razón? Parece que habían maniobrado para dejar pasar a una embarcación de recreo… de 500 pies, que navegaba en dirección Sur. Al recuperar cobertura de móvil, comprobamos que el barco en cuestión era el Eclipse, el segundo barco de recreo más grande del mundo, propiedad de Abramovich, y dotado incluso con misiles.
Con la llegada a Tabarca, un último baño, y rumbo directo al Puerto de Alicante. Se acabó lo que se daba. 5 islas (Formentera, Espalmador, Tagomago, Ibiza, y Tabarca) en 4 días, y baños todos los días. Sólo habríamos pedido un poco más de viento, pero tampoco hay que abusar.
Tabarca es una isla que está a unas 10 millas al sur de Alicante, con apenas unas pocas casas y restaurantes y unos cientos de metros de playa, pero a pesar de ello es uno de los puntos más visitados de la Costa Blanca. No lo es tanto en el mes de diciembre, pero fue el destino de mi primera salida náutica familiar. El 26 de diciembre hacia un muy buen día para las fechas que eran, pero casi no había viento con el que practicar bien la navegación a vela para mayor disfrute para la tripulación (y capitán!). En cualquier caso, aprovechamos para rodear toda la isla, amén de fondear para comer a bordo, y disfrutar de una de las últimas puestas de sol de 2015 a bordo (foto by mi hermano). En cuanto al área de patrón, fue mi primera salida como único patrón a bordo, y el atraque (maniobra siempre complicada) fue el más limpio que he hecho nunca; por lo que estoy satisfecho, y voy “pasándome pantallas”.


No hay mejor manera de despedir el verano que a bordo de un velero. Esta vez el afortunado de tenernos a bordo fue el Malta Blue, un Dufour 40, con base en Alicante, con el que recorrimos media provincia durante 4 días bajo unas condiciones idóneas para la práctica de la vela… sobre todo si vas en un barco tan “regatero” como éste. Debido a lo movido de la previsión, decidimos dormir todas las noches en puerto, sin destacar ningún percance en ninguno de los atraques y desatraques.
Salimos del puerto de Alicante (1) directos al pequeño paraíso que es la Isla de Tabarca (2) donde fondeamos y nos tomamos un arroz de manual. La digestión la hicimos en dirección al puerto de El Campello (3), donde llegamos poco antes que anocheciera.

El segundo día, con 20-25 nudos de viento real del NE según el anemómetro del barco, nos dirigimos al Islote de Benidorm (4) donde esperábamos poder encontrar un poco de refugio en las boyas, pero las únicas que había estaban bastante expuestas. Aún así, conseguimos amarrarnos a una de ellas y disfrutar de una movida comida, para partir hacia el Puerto de Altea(5) en lo que sería el tramo más animado del viaje: el viento ya estaba formando olas de cierto tamaño que nos entraban de través en el barco.
Al día siguiente, fondeamos en el Mascarat (6), cerca de Calpe, para emprender el camino hacia el Sur de vuelta por la tarde. Este tramos hasta el Puerto de Villajoyosa (7) fue el más rápido de los 4 días gracias a que tanto el viento como las olas venían de popa y la velocidad media según GPS fue de más de 7 nudos. Llegamos tan pronto que hicimos unos cuantos virajes delante de Villajoyosa para no llegar demasiado pronto al puerto.

El último día, domingo, fue el más calmado, fondeo en la Playa de San Juan (8) para comer, bañarnos, y saludar a la familia desde la distancia, y tranquila vuelta al Puerto de Alicante por la tarde con tiempo para repostar, atracar, terminar de recoger y darnos una ducha en el Puerto. El colofón lo puso la horchata en la Explanada antes de volver a Madrid.

Cuando me propusieron empezar la temporada de verano, con una travesía en velero alrededor de Ibiza y saliendo desde Denia, he de admitir que me dio cierto respeto, aunque afortunadamente se me pasó pronto. Me encanta ir a Ibiza fuera de temporada y disfrutar de las magníficas calas que hay por toda la isla, y lo de tripular un velero, me atraía como curiosidad. Así que dije sí.

El resultado fue mejor de lo esperado. Han sido unas vacaciones perfectas para desconectar. Suficientemente relajadas para descansar y recuperar fuerzas, y lo suficientemente activas con todo el manejo de cabos y velas, como para no tener mucho tiempo para pensar demasiado. El máximo esfuerzo intelectual era ver qué viento iba a soplar al día siguiente y ayudar a nuestro capitán a decidir la noche donde fondearíamos.

Si a eso le añades un tiempo espectacular, una tripulación perfecta, y descubrir un nuevo hobby, creo que es normal que esté pensando en cuándo repetimos… (e incluso en sacarme el PER!).
Más fotos con olor a mar en esta presentación.